https://youtu.be/oH7SdW5gPPc

Tras la publicación en inglés y en español de mi último vídeo sobre la cuestión de si es correcto o no orar a Jesús, recibí varios comentarios críticos.  Ahora bien, me lo esperaba del movimiento trinitario porque, después de todo, para los trinitarios, Jesús es Dios Todopoderoso. Así que, por supuesto, quieren orar a Jesús. Sin embargo, también había cristianos sinceros que, aunque no aceptan la Trinidad como una comprensión válida de la naturaleza de Dios, siguen pensando que la oración a Jesús es algo que los hijos de Dios deben practicar.

Esto me hizo pensar de que tal vez se me estaba escapando alguna verdad critica. Para mí, la idea de orar a Jesús me cae mal. Es algo personal, yo sé, pero así es. Sin embargo, no nos debemos guiar solo por nuestros sentimientos. Dependemos del espíritu santo que Jesús prometió que nos guiaría a toda la verdad.

Sin embargo, cuando ese haya venido, el Espíritu de la verdad, os guiará a toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que hablará todo lo que oiga. Y os revelará las cosas que han de venir. (Juan 16:13 Una versión fiel)

Así que me pregunté si mi falta de inclinación a orar a Jesús era sólo un remanente de mis días como Testigo de Jehová. ¿Estaba cediendo a un prejuicio profundamente enterrado? Por un lado, reconocí claramente que la palabra griega que denota «oración» y «orar» nunca se utiliza en las Escrituras cristianas en relación con Jesús, sino sólo en relación con nuestro Padre. Por otro lado, como me señalaron varios comentaristas, vemos casos en la Biblia en los que los cristianos fieles invocan y solicitan a nuestro Señor Jesús.

Por ejemplo, sabemos que Esteban, en Hechos 7:59, hizo una petición a Jesús a quien vio en una visión mientras lo apedreaban. «Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: «Señor Jesús, recibe mi espíritu.»». Del mismo modo, Pedro tuvo una visión y escuchó la voz de Jesús desde el cielo dándole instrucciones y respondió al Señor.

«Y una voz le dijo: «Levántate, Pedro, sacrifica y come.» Pedro contestó: «De ninguna manera, Señor; jamás he comido nada profano e impuro.» La voz le dijo por segunda vez: «Lo que Dios ha purificado no lo llames tú profano.» Esto se repitió tres veces, e inmediatamente la cosa aquella fue elevada hacia el cielo.” (Hechos 10:13-16 Biblia de Jerusalem).

Luego está el apóstol Pablo que, aunque no nos da las circunstancias, nos dice que imploró tres veces a Jesús que le librara de cierta espina en la carne. “Por este motivo tres veces rogué al Señor que se alejase de mí.»

Sin embargo, en cada uno de estos casos, no se utiliza la palabra griega para «oración» aunque de vez en  cuando, alguna versión de la Biblia impone la palabra.

Eso me parece significativo, pero entonces, ¿estoy dando demasiada importancia a la ausencia de una palabra?  Si cada situación describe acciones asociadas a la oración, ¿tiene que utilizarse la palabra «oración» en el contexto para que se considere una oración? Se podría pensar que no. Se podría razonar que mientras lo que se describe sea una oración, entonces no tenemos que leer el sustantivo «oración» ni el verbo «orar» para que constituya una oración.

Sin embargo, algo me rondaba por la cabeza.  ¿Por qué la Biblia no utiliza nunca el verbo «orar» ni el sustantivo «oración» a menos que se refiere a una comunicación con Dios nuestro Padre?

Entonces me di cuenta que no estaba cumpliendo con la regla cardinal de la exégesis.  Si recuerdas, la exégesis es el método de estudio de la Biblia en el que dejamos que las Escrituras se interpreten a sí mismas. Esa regla cardinal es que antes de comenzar cualquier investigación bíblica, primero tenemos  que limpiar la mente de prejuicios y preconceptos.

¿Qué prejuicio mío, qué idea preconcebida mía sobre la oración persistía en mi mente? Me di cuenta de que era la creencia de que entendía cabalmente lo que es la oración.

Lo veo como un excelente ejemplo de cómo una creencia nuestra puede estar tan profundamente arraigado que ni siquiera pensamos en cuestionarlo. Simplemente lo tomamos por sentado. No es cierto que la oración forma parte de nuestra tradición religiosa. No importa de qué religión procedamos, todos sabemos lo que es la oración.  Entendemos que cuando los hindúes invocan el nombre de uno de sus muchos dioses, están orando; y cuando los musulmanes invocan a Alá, están orando, y cuando los rabinos ortodoxos hacen repetidas genuflexiones ante el muro de las lamentaciones en Jerusalén, están orando; y cuando los cristianos trinitarios piden a su divinidad trina, están orando. Aun cuando hablamos de los hombres y mujeres fieles de la antigüedad, como Moisés, Ana y Daniel, invocando el nombre de «Yahvé», decimos que estaban orando. Ya sea al Dios verdadero o a los dioses falsos, la oración es oración.

¿Pero es esa la definición que lo da nuestro señor Jesus?

Una cosa notable de la enseñanza de Jesucristo es su erudición al manejar el lenguaje con precisión. Si tuviéramos que orarle, nos habría dicho que lo hiciéramos, ¿no es así?  Después de todo, hasta ese momento, los israelitas sólo habían orado a Yahvé. Abraham oró a Dios, pero nunca oró en el nombre de Jesús. Jesús no entraría en el escenario por dos mil años. Así que si Jesús estaba introduciendo un nuevo elemento en la oración, específicamente, que debemos orar a él, se habría visto obligado a decírnoslo,  ¿no es así? De hecho, habría tenido que dejarlo muy claro, porque estaba superando un prejuicio muy poderoso. Los judíos sólo oraban a Yahvé. Los paganos oraban a múltiples dioses, pero los judíos no. El poder de la ley para afectar al pensamiento judío y crear un prejuicio -aunque correcto- queda patente en el hecho de que el Señor -nuestro Señor Jesucristo, rey de reyes- tuvo que decirle a Pedro no una, ni dos, sino tres veces que ya podía comer la carne de los animales que los israelitas consideraban impuros, como el cerdo.

Por lo tanto, si Jesús iba a decirles a estos judíos atados a la tradición que podían y debían orarle, habría tenido que atravesar muchos prejuicios. Las declaraciones vagas no iban a ser suficientes.

Introdujo dos elementos nuevos en las oraciones, pero lo hizo con claridad y repetición. Por un lado, les dijo que ahora las oraciones tendrían que ofrecerse a Dios en el nombre de Jesús. El otro cambio en la oración que hizo Jesús se encuentra en Mateo 6:9: «Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre;…»

Sí, sus discípulos tenían ahora el privilegio de orar a Dios, no como su soberano, sino como su Padre personal.

¿Crees que esa instrucción sólo se aplicaba a sus oyentes inmediatos?  Por supuesto que no.  ¿Crees que se refería a los seres humanos de todas las religiones? ¿Se refería a los hindúes o a los romanos que adoraban a dioses paganos? Por supuesto que no. ¿Se refería a los judíos en general? No. Se dirigía a sus discípulos, a los que le aceptaron como Mesías. Se dirigía a los que formarían el cuerpo de Cristo, los hijos de Dios; aquellos que componen la primera resurrección, la resurrección a la vida (Apocalipsis 20:5).

La primera regla del estudio bíblico exegético es: Empezar la investigación con la mente limpia de prejuicios y preconcepciones. Tenemos que poner todo sobre la mesa, no suponer nada. Por lo tanto, no podemos presumir de saber qué es la oración. No podemos dar por sentada la definición común de la palabra, asumiendo que lo que se define tradicionalmente por el mundo de Satanás y a través de las religiones que dominan la mente de los hombres es lo que Jesús tenía en mente. Tenemos que asegurarnos de que tenemos en mente la misma definición que Jesús nos comunica.  Para determinar eso, debemos utilizar otra regla de exégesis. Debemos considerar la audiencia. ¿A quiénes les hablaba Jesús? ¿A quiénes les estaba revelando estas nuevas verdades? Ya hemos visto que Jesús introdujo dos nuevas características a la oración. Una era orar en su nombre y la otra era referirse a Dios como nuestro padre.

Con esto en mente, y de forma bastante inesperada, pensé en otra Escritura. Uno de mis pasajes bíblicos favoritos, de hecho. Estoy seguro de que algunos de ustedes ya están conmigo. Para otros, puede parecer irrelevante al principio, pero pronto verán la conexión. Veamos 1 Corintios 15:20-28.

Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron. Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicias; luego los de Cristo en su Venida. Luego, el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad. Porque debe él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la Muerte. Porque ha sometido todas las cosas bajo sus pies. Mas cuando diga que «todo está sometido», es evidente que se excluye a Aquel que ha sometido a él todas las cosas. Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo. (1 Corintios 15:20-28 Biblia de Jerusalén)

Esa última frase siempre me ha emocionado. «Para que Dios sea todo en todo».

Traducción del Nuevo Mundo lo vierte: «para que Dios sea todas las cosas para con todos».

No hay razón para que nos confundamos con lo que significa decir que Dios será «todo en todo». Fíjate en el contexto inmediato, otra regla de exégesis. Lo que estamos leyendo aquí es la solución definitiva a los males de la humanidad: La restauración de todas las cosas. Primero, Jesús es resucitado. «Las primicias». Luego, los que pertenecen a Cristo. ¿Quiénes son ellos?

Antes, en esta carta a los Corintios, Pablo revela la respuesta:

“Por eso, que nadie se jacte en los hombres; porque todas las cosas les pertenecen a ustedes, sea Pablo, o Apolos, o Cefas, o el mundo, o la vida, o la muerte, o las cosas presentes, o las cosas venideras, todas las cosas les pertenecen; a su vez, ustedes pertenecen a Cristo; Cristo, a su vez, pertenece a Dios.” (1 Corintios 3:21-23 TNM)

Así que primero Jesús resucitó, luego en el futuro vendrá la resurrección de los hijos de Dios. Luego, Pablo salta otros mil años hasta el momento en que toda la humanidad será liberada de la muerte y también se convertirá en hijos de Dios. En ese momento, Dios será todo en todo.

Pregúntate, ¿qué está restaurando Jesús aquí? ¿Qué es lo que se ha perdido y necesita ser restaurado? ¿La vida eterna para los humanos? No. Eso es un subproducto de lo que se perdió. Lo que está restaurando es lo que Adán y Eva perdieron: Su relación familiar con Yahvé como su Padre. La vida eterna que tenían y que desecharon era un subproducto de esa relación. Era su herencia como hijos de Dios.

Un padre amoroso no se aleja de sus hijos. No los abandona ni los deja sin orientación ni instrucción. El libro de Génesis muestra que Yahvé hablaba con sus hijos con regularidad.

«Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín.» (Génesis 3:8 Biblia de Jerusalén)

El reino celestial y el terrenal estaban unidos entonces.  Dios hablaba con sus hijos humanos. Era el Padre de ellos. Ellos le hablaban y él les respondía. Eso se perdió. Fueron expulsados del Jardín. La restauración de lo que se perdió entonces ha sido un largo proceso. Entró en una nueva fase cuando vino Jesús. A partir de ese momento, fue posible nacer de nuevo, ser adoptados como hijos de Dios. Ahora podemos hablar con Dios no como nuestro Rey, Soberano o Deidad Todopoderosa, sino como nuestro Padre personal. «Abba Padre».

Ahora que Jesús ha revelado estos nuevos aspectos de la oración, podemos ver que la definición común dada a la oración por las religiones del mundo no encaja del todo. Ellas ven la oración como una petición y una alabanza a su deidad. Pero para los Hijos de Dios, no se trata de lo que dices, sino de a quién se lo dices.  La oración es la comunicación entre un hijo de Dios y Dios mismo, como nuestro Padre. Como sólo hay un Dios verdadero y un Padre de todos, la oración es una palabra que se refiere sólo a la comunicación con ese Padre celestial.

Como Jesús no es nuestro Padre, no le oramos. Podemos hablar con él, por supuesto. Pero la palabra «oración» describe la forma única de comunicación que existe entre nuestro padre celestial y sus hijos humanos adoptivos. Para los Cristianos, nacidos de nuevo, hijos de Dios, el padre ya es todo en todo.

Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también ustedes fueron llamados en una misma esperanza de su vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos. (Efesios 4:4-6 NBL)

La oración es un derecho que tenemos los hijos de Dios, pero debemos ofrecerla a través de la puerta de Dios, que es Jesús. Oramos en su nombre. No necesitaremos hacerlo una vez que hayamos resucitado a la vida porque entonces veremos a Dios. Las palabras de Jesús en Mateo se cumplirán.

«Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos.»

(Mateo 5:8-10 NBL)

Pero para el resto de la humanidad esa relación de Padre/hijo tendrá que esperar hasta el final como describe Pablo.

Cuando todos los enemigos de Dios y de los Hombres sean eliminados, entonces no habrá necesidad de orar a Dios en el nombre de Jesús porque entonces la relación Padre/hijo habrá sido totalmente restaurada. Dios será todo para todos, todas las cosas para todos, lo que significa Padre para todos. No estará distante. La oración no será unilateral. Como Adán y Eva hablaron con su Padre y él habló con ellos y los guió, así Yahvé, nuestro Dios y nuestro Padre hablará con todo ser humano. El trabajo del Hijo se cumplirá.  Jesús entregará su corona mesiánica y se someterá al que le sometió todas las cosas para que Dios sea todo para todos.

La oración es la forma en que los hijos de Dios hablan con su Padre; con su Papá. Es una forma única de comunicación entre Padre e hijo. ¿Por qué querrías diluirla, o confundir el tema? ¿Quién querría eso? ¿Quién se beneficia subvirtiendo esa relación? Creo que todos sabemos la respuesta.

En cualquier caso, esto es lo que entiendo que dicen las Escrituras sobre el tema de la oración. Si tú piensas de otra manera, entonces actúa de acuerdo con tu conciencia. Para mí, oraré al Padre.

Gracias por escuchar y a todos los que siguen apoyando nuestro trabajo, un agradecimiento muy sincero.