Cuando fui testigo de Jehová, predicaba de puerta en puerta. En muchas ocasiones me encontré con evangélicos que me desafiaban con la pregunta: «¿Has nacido de nuevo?» Ahora, para ser justos, como testigo, realmente no entendía lo que significaba nacer de nuevo.

Para de igual manera, tampoco entendían su significado los evangélicos con los que hablé. De veraz, tuve la clara impresión de que sentían que todo lo que uno necesitaba para ser salvo era aceptar a Jesucristo como su salvador, nacer de nuevo y listo, ya está.

En cierto modo, no eran diferentes de los testigos de Jehová quienes creen que todo lo que uno necesita hacer para ser salvo es seguir siendo miembro de la organización, ir a las reuniones y entregar un informe mensual de horas en el servicio. Sería tan bueno si la salvación fuera así de simple, pero no lo es.

No me vaya a entender mal. Yo no estoy minimizando la importancia de nacer de nuevo. Todo lo contrario. Pienso que es muy importante. De hecho, es tan importante que debemos hacerlo bien. Recientemente, fui criticado por invitar solo a cristianos bautizados a la cena del Señor. Algunas personas pensaron que estaba siendo elitista. A ellos les digo: «Lo siento, pero yo no pongo las reglas, sino es Jesús que las pone». Una regla suya es que tenemos que nacer de nuevo para ser salvos.  Pero, ¿que significa eso?

Había un fariseo llamado Nicodemo, un gobernante de los judíos, que vino a preguntarle a Jesús acerca de la salvación. Jesús le dijo algo que le pareció asombroso.

«En verdad te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios. Nicodemo Le dijo: «¿Cómo puede un hombre nacer siendo ya viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer?» (Juan 3:3, 4 Nueva Biblia Latinoamericana)

Parece que el pobre Nicodemo sufrió de esa malicia que vemos hoy con demasiada frecuencia en las discusiones bíblicas: el hiperliteralismo.

Jesús usa la frase “nacer de nuevo” dos veces; una vez en el versículo tres y otra en el versículo siete, que leeremos en un momento. Al menos así es como se traduce en la mayoría de las versiones de la Biblia. Pero eso no es precisamente lo que dice. Si miramos en el interlineal vemos que en realidad dice: gennaó (ghen-nah’-o) anóthen (an’-o-then) que significa, «nacido de arriba», o «nacido del cielo».

¿Qué quiere decir nuestro Señor? El le explica a Nicodemo:

«En verdad te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. «Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. «No te asombres de que te haya dicho: ‘Tienen que nacer de nuevo.’ «El viento sopla por donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.». (Juan 3: 5-8 NBL)

Entonces, nacer de nuevo o nacer de arriba significa “nacer del Espíritu”. Por supuesto, todos nacemos de la carne. Todos hemos descendido de un solo hombre. La Biblia nos dice:

«Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por medio de un hombre, y por medio del pecado la muerte, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron.» (Romanos 5:12 NBL)

En pocas palabras, morimos porque hemos heredado el pecado. Esencialmente, hemos heredado la muerte de nuestro antepasado Adán. Si tuviéramos un padre diferente, podríamos tener una herencia diferente. Cuando Jesús vino, hizo posible que fuéramos adoptados por Dios para heredar la vida.

“Pero a todos los que lo recibieron, les dio el derecho (el poder) de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su nombre, que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios.” (Juan 1:12, 13 NBL)

Eso habla de un nuevo nacimiento. Es la sangre de Jesucristo la que nos permite nacer de Dios. Como hijos de Dios, heredamos la vida eterna de nuestro padre. Pero también nacemos de espíritu, porque es Espíritu Santo que Jehová derrama sobre los hijos de Dios para ungirlos y adoptarlos como sus hijos.

Para entender más claramente esta herencia como hijos de Dios, leamos Efesios 1:13,14.

“En El también ustedes, después de escuchar el mensaje de la verdad, el evangelio de su salvación, y habiendo creído, fueron sellados en El con el Espíritu Santo de la promesa, que nos es dado como garantía de nuestra herencia, con miras a la redención de la posesión adquirida de Dios, para alabanza de Su gloria.” (Efesios 1:13, 14 NBL)

Pero si pensamos que eso es todo lo que tenemos que hacer para ser salvos, nos estamos engañando a nosotros mismos. Eso sería como decir que todo lo que uno tiene que hacer para ser salvo es ser bautizado en el nombre de Jesucristo. El bautismo es un símbolo del renacimiento. Uno desciende al agua y luego, cuando sale de ella, renace simbólicamente. Pero eso no es todo lo que involucra la salvación.

Juan el Bautista dijo esto al respecto.

“Juan les habló a todos: «Yo los bautizo con agua; pero viene Uno que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar la correa de Sus sandalias. El los bautizará con el Espíritu Santo y fuego.” (Lucas 3:16 NBL)

Jesús fue bautizado en agua y el Espíritu Santo descendió sobre él. Cuando sus discípulos se bautizaron, también recibieron el Espíritu Santo. Entonces, para nacer de nuevo o nacer de arriba, uno tiene que ser bautizado para recibir el Espíritu Santo. Pero ¿qué es eso de ser bautizado con fuego? Juan continúa:

«El bieldo está en Su mano para limpiar completamente Su era y recoger el trigo en Su granero; pero quemará la paja en un fuego que no se apaga.» (Lucas 3:17 NBL)

Esto nos recordará la parábola del trigo y la mala hierba. Tanto el trigo como la maleza crecen juntos desde el momento en que germinan y es difícil distinguirlos hasta la cosecha. Entonces la mala hierba se quemará en el fuego, mientras que el trigo se almacenará en la bodega del Señor. Esto muestra que muchas personas que han nacido de nuevo se sorprenderán cuando aprendan lo contrario. Jesús nos advierte que, “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos, sino solo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en ese día: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios y realizamos muchos milagros?»

Entonces les diré claramente: «‘Jamás los conocí; APARTENSE DE MI, LOS QUE PRACTICAN LA INIQUIDAD.’” (Mateo 7:21-23 NBL)

Otra forma de decirlo es la siguiente: nacer de arriba no es un evento único para todos los tiempos. Más bien, la fuente de nuestro renacimiento es el espíritu santo siempre presente que desciende del cielo sobre nosotros. Nos da una herencia como hijos que puede rescindirse si empezamos a trabajar en contra del espíritu santo.

Es el apóstol Juan quien registra el encuentro con Nicodemo, y quien introduce el concepto de nacer de Dios o, como tienden a traducirlo los traductores, “nacer de nuevo”. Juan se vuelve más específico en sus cartas.

“Ninguno que es nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo aquel que no practica la justicia, no es de Dios; tampoco aquel que no ama a su hermano.” (1 Juan 3: 9, 10 NBL)

Cuando nacemos de Dios, o gennaó (ghen-nah’-o) anóthen (an’-o-then) – «nacido de arriba», o «nacido del cielo», no nos convertimos repentinamente en personas sin pecado. Eso no es lo que Juan explica. Nacer de Dios significa que nos negamos a practicar el pecado. En cambio, practicamos la justicia. Observe cómo la práctica de la justicia está ligada al amor a nuestros hermanos. Si no amamos a nuestros hermanos, no podemos ser justos. Si no somos justos, no somos nacidos de Dios. Juan aclara esto cuando dice:

«Todo el que aborrece a su hermano es homicida, y vosotros sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él.» (1 Juan 3:15 NBL).

“no como Caín que era del maligno, y mató a su hermano. ¿Y por qué causa lo mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas.» (1 Juan 3:12 NBL).

La importancia fundamental del amor se enfatiza en el siguiente pasaje que leeremos.

“Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.” (1 Juan 4: 7, 8 NBL)

Si amamos, conoceremos a Dios y naceremos de él. Si no amamos, entonces no conocemos a Dios y no podemos nacer de él. Juan continúa razonando:

“Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al Padre, ama al que ha nacido de El. En esto sabemos que amamos a los hijos de Dios: cuando amamos a Dios y guardamos sus mandamientos. Porque este es el amor de Dios: que guardemos sus mandamientos, y sus mandamientos no son gravosos. Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe.” (1 Juan 5: 1-4 NBL)

El problema que veo es que a menudo las personas que hablan de nacer de nuevo lo usan como una insignia de rectitud. Solíamos hacer eso como testigos de Jehová, aunque para nosotros no era «nacer de nuevo» sino estar «en la verdad». Diríamos cosas como, «Estoy en la verdad» o le preguntamos a alguien, «¿Cuánto tiempo has estado en la verdad?» Es similar a lo que escucho de los evangélicos “nacidos de nuevo”. Dicen, «Nací de nuevo» o «¿Cuándo naciste de nuevo?» Una declaración relacionada implica «encontrar a Jesús». «¿Cuándo encontraste a Jesús? Preguntan.» Encontrar a Jesús y nacer de nuevo son conceptos aproximadamente sinónimos en la mente de muchos evangélicos.

El problema con la frase “nacer de nuevo” es que lleva a uno a pensar en un evento único. “En tal y tal fecha fui bautizado y nací de nuevo”.

Hay un término en la fuerza aérea llamado «Dispara y olvida». Se refiere a municiones, como misiles, que son auto guiados. El piloto se fija en un objetivo, presiona el botón y lanza el misil. Después de lo cual, puede volar sabiendo que el misil se guiará hacia su objetivo. Nacer de nuevo no es una acción de «Dispara y olvida”. Nacer de Dios es un proceso continuo. Tenemos que guardar los mandamientos de Dios continuamente. Tenemos que mostrar continuamente amor por los hijos de Dios, nuestros hermanos y hermanas en la fe. Tenemos que vencer continuamente al mundo por nuestra fe.

Nacer de Dios, o nacer de nuevo, no es un evento único, sino un compromiso de por vida. Solo nacemos de Dios y nacemos del espíritu si el espíritu de Dios continúa fluyendo en nosotros y a través de nosotros produciendo actos de amor y obediencia. Si ese flujo disminuye, será reemplazado por el espíritu de la carne, y podríamos perder nuestra herencia que tanto nos costó ganar. Qué tragedia sería esa, pero si no tenemos cuidado, se nos puede escapar sin que nos demos cuenta.

Recuerde, aquellos que corren a Jesús en el día del juicio clamando “Señor, Señor…” lo hacen creyendo que han hecho grandes obras en su nombre, pero él niega conocerlos.

Entonces, ¿cómo puede verificar si nuestro estado como nacido de Dios sigue intacto? Mírate a ti mismo y a tus actos de amor y misericordia. En una frase: si no amas a tus hermanos o hermanas, entonces no has nacido de nuevo, no has nacido de Dios.

Gracias por ver y por apoyar esta obra.