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[Esta es una continuación del tema sobre el papel de la mujer en la congregación.]

Traductor: Judá Ben-Hur

Este artículo empieza en respuesta al comentario bien pensado e investigado de Eleasar sobre el significado de kephalé en 1 Corintios 11:3.

“Pero quiero que sepáis que la cabeza de todo hombre es Cristo, y la cabeza de la mujer es el hombre, y la cabeza de Cristo es Dios”.

La razón por la que decidí escribir el presente artículo fue porque me di cuenta de que las conclusiones de Eleasar son compartidas por otros. Como esto se ha convertido en algo más que un problema académico y ahora tiene el potencial de dividir a nuestra naciente congregación, sentí que sería mejor tratarlo como un artículo. No todos leen los comentarios, por lo que se puede perder lo que está escrito aquí. Con eso en mente, invitaría a todos a leer el comentario de Eleasar antes de continuar con este artículo.

El verdadero problema ante la congregación es si las mujeres deben orar en voz alta en una reunión de congregación donde los hombres están presentes. Puede parecer que eso no es un problema ya que está muy claro en 1 Corintios 11:4, 5 que las mujeres cristianas oraron en la congregación en el primer siglo. Difícilmente podemos negarles un derecho establecido en la congregación primitiva sin algo muy específico en las Escrituras para autorizar tal decisión.

Por lo tanto, parece que, si estoy leyendo correctamente los diversos comentarios, correos electrónicos y comentarios de reuniones que he visto y escuchado, el dilema que algunos sienten se relaciona con el tema de la autoridad. Sienten que orar en la congregación implica un nivel de autoridad sobre el grupo. Una objeción que he escuchado es que sería incorrecto que una mujer ore en nombre de los hombres. Aquellos que promueven esta idea sienten que las oraciones de apertura y cierre caen en la categoría de oraciones en nombre de la congregación. Estas personas parecen diferenciar estas dos oraciones de las oraciones que podrían ofrecerse en circunstancias especiales, orar por los enfermos, por ejemplo, dentro del contexto de una reunión. Nuevamente, estoy reuniendo todo esto a partir de varias cosas que se han escrito y dicho, aunque nadie ha articulado con precisión las razones bíblicas de su reticencia al permitir que las mujeres oren dentro del arreglo de la reunión de la congregación.

Por ejemplo, refiriéndonos al comentario de Eleasar, parece ser que la creencia generalizada de que el uso de Pablo da a la palabra griega kephalé (cabeza) en 1 Corintios 11:3 se relaciona con “autoridad” en lugar de “fuente”. Sin embargo, no se establece ninguna conexión en el comentario entre ese entendimiento y el hecho claramente establecido en los siguientes versículos (versículos 4 y 5) de que las mujeres realmente podían orar en la congregación. Como no podemos negar el hecho de que oraron, entonces la pregunta es: ¿estaba Pablo limitando de alguna manera la participación de una mujer en la oración (y no nos olvidemos de profetizar) por su referencia al liderazgo? Si es así, ¿por qué no declara explícitamente cuál es esa limitación? Parecería injusto si limitáramos un aspecto tan importante de la adoración basado únicamente en la inferencia.

Kephalé: ¿Fuente o Autoridad?

Según el comentario de Eleasar, parece que la preponderancia de los estudiosos de la Biblia considera que kephalé se refiere a “autoridad” y no a “fuente”. Por supuesto, el hecho de que una mayoría crea que algo no es una base para suponer que es cierto. Aún una mayoría podría estar equivocada. Podríamos decir que la mayoría de los científicos creen en la evolución y hay pocas dudas de que la mayoría de los cristianos creen en la Trinidad. Sin embargo, estoy convencido de que ninguno de los dos es cierto.

Por otro lado, no estoy sugiriendo que debamos descartar algo simplemente porque la mayoría lo cree.

También está el tema de nuestra tendencia a aceptar lo que alguien dice porque es más erudito que nosotros. ¿No es esa la razón por la que el “hombre promedio” acepta la evolución como un hecho?

Si vemos el ejemplo de los profetas del antiguo Israel junto con los pescadores que componen los apóstoles del Señor, veremos que a menudo Jehová seleccionó a las personas menos educadas, humildes y menospreciadas para avergonzar a los sabios. (Lucas 10:2; 1 Corintios 1:27).

Dado esto, hacemos bien en mirar las Escrituras nosotros mismos, hacer nuestra propia investigación y dejar que el espíritu nos guíe. Después de todo, esta es la única manera de discernir lo que nos motiva seamos hombre o mujer.

Por ejemplo, casi todos los académicos dedicados a la traducción de la Biblia han traducido Hebreos 13:17 como “Obedece a tus pastores” o palabras en ese sentido, siendo la Traducción New Version International la notable excepción. La palabra en griego traducida en este versículo como “obedecer” es peithó, y se define como “persuadir, tener confianza, instar”. Entonces, ¿por qué estos eruditos bíblicos no lo hacen así? ¿Por qué se traduce discreta como “obedecer”? Hacen un buen trabajo en otras partes de las Escrituras cristianas, entonces, ¿por qué no aquí?

¿Podría ser que el sesgo de una clase dominante está en acción aquí, buscando algún apoyo bíblico para la autoridad que presumen ejercer sobre el rebaño de Dios?

El problema con el sesgo es su naturaleza sutil. A menudo somos sesgados sin darnos cuenta o podemos verlo con bastante facilidad en otros, pero a menudo somos ciegos a nosotros mismos.

Entonces, cuando la mayoría de los académicos rechazan el significado de kephalé como “fuente” u “origen” pero en su lugar optan por “autoridad”, ¿es esto porque es a donde conducen las Escrituras o porque es a donde ellos quieren que las Escrituras conduzcan?

Sería injusto descartar la investigación de estos hombres simplemente como resultado del prejuicio masculino. Del mismo modo, sería imprudente simplemente aceptar su investigación bajo el supuesto de que está libre de ese sesgo. El sesgo es real e innato.

Génesis 3:16 dice que el anhelo de una mujer será por el hombre que es su esposo. Este anhelo desproporcionado es el resultado del desequilibrio resultante del pecado. Como hombres, reconocemos este hecho. Sin embargo, ¿también reconocemos que en nosotros, el género masculino, existe otro desequilibrio que nos hace dominar a la mujer? ¿Pensamos que solo porque nos llamamos cristianos, estamos libres de todo vestigio de este desequilibrio? Sería una suposición muy peligrosa, ya que la forma más fácil de caer en una debilidad es creer que la hemos conquistado por completo. (1 Corintios 10:12).

Jugando al Abogado del Diablo

A menudo he descubierto que la mejor manera de probar un argumento es aceptar su premisa y luego llevarlo a su extremo lógico para ver si aún resiste o se debilita.

Por lo tanto, tomemos la posición de que kephalé (cabeza) en 1 Corintios 11:3 se refiere a la autoridad que cada cabeza a su vez tiene.

La primer cabeza es Jehová. Él tiene toda autoridad. Su autoridad no tiene límites. No hay ninguna duda ni cuestionamiento al respecto.

Jehová le ha dado a Jesús “toda autoridad en el cielo y la tierra”. Su autoridad, a diferencia de la de Jehová, es limitada. Se le ha dado plena autoridad por un período limitado de tiempo. Comenzó con su resurrección y termina cuando cumple con su tarea. (Mateo 28:18; 1 Corintios 15:24-28).

Sin embargo, Pablo no reconoce este nivel de autoridad en este versículo. Él no dice que Jesús es la cabeza de toda la creación, la cabeza de todos los ángeles, la cabeza de la congregación, la cabeza de los hombres y las mujeres. Él solo dice que Él es la cabeza del hombre. Limita la autoridad de Jesús en este contexto a la autoridad que tiene sobre los hombres. No se habla de Jesús como la cabeza de las mujeres, sino solo de los hombres.

Parece que Pablo está hablando de un canal especial de autoridad o una cadena de mando, por así decirlo. Los ángeles no están involucrados en esto, a pesar de que Jesús tiene autoridad sobre ellos. Parece que es una rama de autoridad diferente. Los hombres no tienen autoridad sobre los ángeles y los ángeles no tienen autoridad sobre los hombres. Sin embargo, Jesús tiene autoridad sobre ambos.

¿Cuál es la naturaleza de ésta autoridad?

En Juan 5:19 Jesús dice: “De cierto os digo que el Hijo no puede hacer nada por su propia cuenta, sino solo lo que ve hacer al Padre. Por lo que sea que haga el Padre, que el Hijo haga lo mismo”. Ahora, si Jesús no hace nada por su propia iniciativa, sino solo lo que ve que hace el Padre, se deduce que los hombres no deben tomar la autoridad de la jefatura para significar que “gobiernan el vecindario” como si así fuera. En cambio, el trabajo del varón, nuestro trabajo, es como el de Jesús, que es ver que lo que Dios quiere se haga. La cadena de mando comienza con Dios y nos atraviesa. No comienza con nosotros.

Ahora, suponiendo que Pablo está usando kephalé para significar autoridad y no fuente, ¿cómo impacta eso la cuestión de que si las mujeres pueden orar en la congregación? (No nos distraigamos. Esta es la única pregunta que estamos tratando de responder aquí.) ¿Orar en la congregación requiere que quien ora tenga un nivel de autoridad sobre el resto? Si es así, nuestra equiparación de “cabeza” con “autoridad” eliminaría a las mujeres de la oración. Pero aquí está el problema: también eliminaría a los hombres de la oración.

“Hermanos, ninguno de ustedes es mi cabeza, entonces,

¿cómo podría alguno de ustedes presumir de representarme en oración?”

Si orar en nombre de la congregación —algo que afirmamos se aplica cuando abrimos y cerramos con oración una reunión bíblica— implica autoridad, entonces los hombres no pueden hacerlo. Solo nuestra cabeza puede hacerlo, aunque no he encontrado una ocasión en las Escrituras donde Jesús lo haya hecho. Sea como fuere, no hay indicios de que los cristianos del primer siglo designaran a un hermano para pararse y orar en nombre de la congregación. (Busque usando la entrada ora* en el programa de la biblioteca en línea de la Watchtower).

Tenemos pruebas de que los hombres oraban en la congregación en el primer siglo. Tenemos pruebas de que las mujeres oraban en la congregación en el primer siglo. No tenemos pruebas de que alguien, hombre o mujer, haya orado en nombre o representación de la congregación en el primer siglo.

Parece que nos preocupa una costumbre que hemos heredado de nuestra antigua religión que, a su vez, la heredó de la cristiandad. Orar en nombre de la congregación implica un nivel de autoridad que no poseo, asumiendo que “cabeza” significa “autoridad”. Siendo hombre no soy la cabeza de ningún hombre, por lo tanto ¿cómo puedo presumir de representar a otros hombres y orar a Dios en su lugar?

Si algunos argumentan que orar en nombre de la congregación no implica que el hombre que ora ejerza autoridad (liderazgo) sobre la congregación y sobre otros hombres, entonces, ¿cómo pueden decir que lo hace cuando es una mujer la que ora? Como dice el viejo refrán: no podemos ocultar el sol con un dedo.

Si aceptamos que Pablo está usando kephalé (cabeza) para referirse a una jerarquía de autoridad y que orar en nombre de la congregación implica una jefatura, entonces acepto que una mujer no debe orar a Dios en nombre de la congregación. Yo acepto que, y ahora me doy cuenta de que los hombres que han sostenido este punto tienen razón. Sin embargo, no han ido lo suficientemente lejos. No hemos ido lo suficientemente lejos. Ahora me doy cuenta de que tampoco un hombre debe orar en nombre de la congregación.

Siendo varón, ningún hombre es mi kephalé (mi cabeza). Entonces, ¿con qué derecho cualquier hombre presumiría orar por mí?

Si Dios estuviera físicamente presente y todos estuviéramos sentados ante él como sus hijos, hombres y mujeres, hermanos y hermanas, ¿alguien presumiría hablar con el Padre en nuestro nombre o todos hablaríamos con Él directamente?

Conclusion

Es solo a través del fuego que el mineral se refina y los preciados minerales encerrados en el interior pueden salir. Esta situación ha sido una prueba para nosotros, pero creo que ha salido un gran bien. Nuestro objetivo, después de haber dejado atrás una religión extremadamente asfixiante y dominada por los hombres, ha sido regresar a la fe original establecida por nuestro Señor y practicada en la congregación primitiva.

Parece ser que muchos hablaban en la congregación de Corinto y Pablo no desalienta eso. Su único consejo era hacerlo de manera ordenada. La voz de nadie debía ser silenciada, todos debían ser escuchados, pero todas las cosas debían hacerse para edificar el cuerpo de Cristo. (1 Corintios 14:20-33).

En lugar de seguir el modelo de la cristiandad y pedir un hermano maduro y prominente para abrir con oración o cerrar con oración, ¿por qué no comenzar la reunión preguntando si a alguien le gustaría orar? Y después de que él o ella lleve su alma en oración, podríamos preguntar si a alguien más le gustaría orar. Y
después de que uno ora, podríamos continuar preguntando hasta que todos los que quisieran lo hagan. Nadie estaría orando en nombre de la congregación, sino que estaría expresando sus propios sentimientos en voz alta para que todos lo escuchen. Si decimos “amén”, es solo para decir que estamos de acuerdo con
lo que se dijo.

Del primer siglo, se nos dice:

“Y se dedicaban continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración”. (Hechos 2:42)

Hermanos y hermanas comieron juntos, conmemoraron la Cena del Señor juntos, compartieron juntos, aprendieron juntos y oraron juntos. Todo esto era parte de sus reuniones, su forma de adoración.

Sé que esto puede parecer extraño, ya que hemos salido de una forma de adoración extremadamente formal. Las costumbres establecidas desde hace mucho tiempo son difíciles de romper. Pero debemos recordar quién estableció esas costumbres. Si no se han originado de Dios, y peor aún, si se están interponiendo en el camino de la adoración que nuestro Señor pretendía para nosotros, entonces debemos deshacernos de ellas.

Si alguien, después de leer esto, continúa creyendo que a las mujeres no se les debe permitir orar en la congregación, entonces por favor que nos muestre algo concreto para estar en conformidad con las Escrituras, porque hasta ahora, todavía nos queda el hecho establecido en 1 Corintios 11:5 que las mujeres oraban y profetizaban en la congregación del primer siglo.

Que la paz de Dios está con todos nosotros.